LA COMUNIDAD MUNDIAL PARA LA
MEDITACIÓN CRISTIANA
APRENDE A VIVIR EN LA PRESENCIA DE DIOS
Cristo en la experiencia contemplativa
Traducción por
Ana Inés Privitello
de Argentina
    Esto es del Evangelio de Juan: ´Entró en su reino, y su propio reino no lo recibió.
    Pero a todos los que lo recibieron, a todos los que creen en su Nombre, les dio el
    poder de llegar a ser hijos de Dios. Ellos no nacieron de la sangre, ni por obra de la
    carne, ni de la voluntad del hombre, sino que fueron engendrados por Dios mismo.
    Y así la Palabra se hizo carne, y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su
    gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y verdad.´
    (Juan 1:10-14).

    Hemos estado hablando acerca de la oración pura, que trasciende nuestro ego y la
    experiencia contemplativa. ¿Cuál es el significado de Cristo trascendiendo nuestro
    ego y la experiencia contemplativa?

    Es claro que la experiencia contemplativa no se restringe solamente a los que
    creen en Cristo. Es un asunto muy importante que nosotros como gente moderna
    debemos encarar. Esta era que está llegando, es la era en que la cristiandad se
    encontrará con las otras grandes religiones del mundo, y será un encuentro que
    marcará tanto la época como lo hizo rn su momento el encuentro de las antiguas
    religiones Judeo-Cristianas con las Griegas. Será otra gran etapa en la
    universalización del evangelio cuando seamos capaces de expresar la experiencia
    cristiana en términos y símbolos distintos a aquellos que nos han sido familiares:
    un encuentro contemporáneo con otras religiones en las que frecuentemente
    conocemos a gente que han trascendido su ego, ejemplos de gran santidad, gente
    que está viviendo y buscando una vida contemplativa. Lo cual plantea la siguiente
    pregunta: ¿dónde Cristo da para nosotros el significado, el significado primordial, a
    nuestra experiencia? Para el cristiano, Cristo es el centro de toda la experiencia
    de la oración pura. Hemos estado hablando acerca de la teología básica de la
    oración cristiana, en la que abandonamos nuestra propia oración. A medida que
    abandonamos nuestro ego, vamos abandonando todo lo que significa “yo” o “mío”.
    De manera que si realmente estamos practicando una oración que nos hace
    abandonar nuestro ego, ya no tiene más sentido decir esta es “mi oración”.

    Intuitivamente esto fue descubierto por los Padres del Desierto cuando dijeron que
    el monje que sabe que está orando, que es conciente de “mi oración”, realmente
    no ha empezado a rezar, no ha llegado a la pureza total de la oración. Sin embargo
    en la oración pura, aunque Cristo es el centro, Cristo no es un objeto del
    pensamiento porque no existe el pensamiento. La mente queda en quietud. Cristo
    no es un objeto de nuestra imaginación. Nos estamos moviendo más allá del reino
    de la imaginación, más allá de pensamientos e imágenes. No estamos hablando a
    Cristo con palabras. Estamos en silencio, abandonando todas las palabras. Sin
    embargo, la experiencia nos demuestra que nuestra meditación, nuestra oración
    pura, está profundizando continuamente nuestra relación personal con Cristo.
    Profundizando nuestra comprensión y nuestra experiencia de nuestra relación, de
    nuestra unión con Cristo, la unión con Cristo que experimentamos y descubrimos
    a nivel de nuestro verdadero ser, es decir, más allá del ego. Experimentar una
    relación a nivel de nuestro verdadero ser implica moverse más allá del sentido de
    dualidad o de separación. Si te encuentro en este nivel de muestro ser verdadero,
    entonces no seremos concientes de la separación, seremos concientes de la
    unión y del amor. Este es el fruto de la meditación practicada en la fe cristiana. La
    oración pura profundiza nuestro conocimiento y nuestro amor por Cristo.

    Por cierto que esta oración pura, practicada con fe Cristiana y en un contexto
    cristiano nos clarifica, nos hace ver más claramente quien es Cristo. Comenzamos
    a ver a Cristo en un sentido cada vez más universal. Es verdad que nos
    encontramos con Cristo dentro de los términos de nuestra propia cultura y nuestra
    propia vocación. Pero el Cristo con el que nos encontramos dentro de nuestra
    cultura, dentro de nuestra tradición, es el Cristo cósmico que se encuentra
    presente en toda cultura, que puede manifestarse y meditarse en toda tradición.

    Debemos encontrarnos con Cristo como la presencia personal en nuestro interior.
    Es lo más auténtico. Nunca nos sentiremos realizados, nunca estaremos,
    satisfechos, nunca habremos alcanzado nuestro objetivo, hasta que hayamos
    encontrado esta presencia que está dentro de nosotros. No es suficiente para
    nosotros encontrarnos con Cristo indirectamente como a través de los signos
    externos de nuestra religión, de nuestra práctica o de nuestra cultura. Todos estos
    signos llaman nuestra atención hacia este más profundo y más personal
    encuentro con Cristo dentro de nosotros.

    Nos encontramos con Cristo del modo más puro y auténtico a nivel de lo personal,
    dentro de la relación que tenemos con nosotros mismos, es por eso que tenemos
    que hacer el trabajo de autoconocimiento y purificación, el trabajo de la ascesis, el
    trabajo de tener una buena relación con nosotros mismos. Y también encontramos
    a Cristo dentro de nuestras relaciones con los demás. El Cristo que encontramos
    es el Cristo resucitado, el Cristo actual. La figura de Cristo que encontramos en el
    Nuevo Testamento, en las Escrituras o en la teología y en el pensamiento, es más
    que un encuentro indirecto. Es de gran valor e importancia, pero no es puramente
    personal, ni tan puramente real, como el Cristo que encontramos en este nivel
    personal de relación.

    Creo que como resultado de nuestra meditación, de nuestra oración pura,
    valoramos más al Cristo histórico del que nos hablan las Escrituras. La meditación
    nos guía hacia una lectura más profunda de las Escrituras, hacia una comprensión
    intuitiva más profunda del significado de las palabras, de cómo esas inspiradas
    palabras están influyendo en nosotros. Cassian dice muy claramente que uno de
    los frutos de esta oración pura es que leeremos las Escrituras como si las
    hubiéramos escrito, es decir, más y más cerca del nivel de la experiencia. La
    experiencia en la escritura resuena en nuestra propia experiencia individual. Al
    abandonar las imágenes y los pensamientos en el momento de la meditación,
    regresamos a esas imágenes y pensamientos del momento de la lectio, pero con
    una comprensión mucho más cabal. Como decían los antiguos padres, la palabra
    está encarnada en la escritura. Pero nuestra habilidad para reconocerla y
    relacionarla con la Palabra encarnada en la escritura depende de la profundidad
    de nuestro encuentro personal con la Palabra en nuestros corazones. Las
    Escrituras son como un espejo de lo que personalmente está dentro de nuestros
    corazones. El Jesús histórico de las Escrituras refleja al Jesús resucitado dentro
    de nuestros corazones.

    La oración en sí misma no es un ejercicio teológico. Es muy dañina para la fe
    cristiana si la limitamos solo a nivel de la oración mental, de la meditación
    discursiva, de los pensamientos, de las imágenes y de la imaginación. Esas son
    las herramientas del pensamiento teológico y del análisis, que son valiosos pero
    no suficientes. La oración no es un ejercicio teológico, aunque según Evagrius, nos
    hace verdaderos teólogos, el dice: “Aquel que de veras reza  es un teólogo y un
    teólogo es quien reza de veras”.

    La oración es un encuentro, pero un encuentro personal. La redención es el
    resultado de un encuentro, de un encuentro personal, más que de un intercambio
    de ideas, de opiniones o de puntos de vista. Y la persona en su totalidad está
    involucrada en este tipo de encuentro, un encuentro de redención. Nuestro viaje
    hacia la plenitud y la santidad es inseparable de nuestra relación con Cristo. Cristo
    nos sana psicológicamente, espiritualmente y tal vez incluso físicamente, para que
    lleguemos a la plenitud en la cual podamos conocerlo completamente y ser
    redimidos por ese conocimiento.
PADRE LAURENCE FREEMAN
OSB

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