LA COMUNIDAD MUNDIAL PARA LA
MEDITACIÓN CRISTIANA
APRENDE A VIVIR EN LA PRESENCIA DE DIOS
El ego en nuestro viaje espiritual
Traducción por
Ana Inés Privitello
de Argentina
    Estas son las palabras de Jesús en el Evangelio de Lucas:

    Y les dijo a todos: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncia a si mismo, que
    cargue con su cruz cada día y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la
    perderá y el que pierda su vida por mí, la salvará ¿De qué le servirá al hombre ganar
    el mundo entero, si pierde a su sí mismo?” (Lucas 9:23-26)

    El gran obstáculo para esta jornada, para este seguir a Cristo, es el modo en que nos
    identificamos falsamente con nuestro ego. Tal vez nosotros, como gente religiosa,
    damos demasiado por sentado que es bueno olvidarnos de nosotros mismos. Estaba
    una vez conversando con una muy exitosa empresaria en Nueva York que había
    venido a la conferencia que yo estaba dando allí. Di esta conferencia acerca de cómo
    abandonar nuestro ego, y uno no podía pensar que hubiera alguien que objetara esa
    idea. Al terminar se me acercó y me dijo:”¡Qué tonterías está hablando! No quiero
    olvidarme de mi ego. Yo soy mi ego.” Creo que al menos ella tenía un claro sentido de
    lo que creía. La mayoría de nosotros nos identificamos inconcientemente con nuestro
    ego.

    A medida que hacemos el trabajo de esta oración, llegamos a entendernos,
    entendemos a nuestro ego, más claramente. Vemos que el ego es a la vez la causa y
    el estado del sufrimiento. Buda dijo: la vida es sufrimiento y el sufrimiento es vida.
    Supongo que se estaba refiriendo al ego.

    El ego se manifiesta en muchas formas y se mete en todo. Puede meterse en nuestro
    trabajo espiritual, en nuestro viaje espiritual. No perdemos el ego cuando nos
    dedicamos a una vida religiosa. No perdemos el ego ni siquiera cuando comenzamos
    a rezar. Hay algunas señales del ego que percibimos más fácilmente a medida que
    nos vamos simplificando.

    La primera señal del ego es el deseo de ser grande, el deseo, por ejemplo de ser el
    número uno, el deseo de dominar. Luego, está el deseo de tomar, el ego quiere tomar,
    lo prefiere a dar o a dejar ser. El ego desea guardar, agarrar, aferrarse, poseer, no
    soltar. El ego desea avanzar, obtener más, ser más, saber más, poseer más. El ego
    desea aferrarse a todo aún a cuesta de los demás, en otras palabras, nos pone antes
    que a los demás. Estas características del egoísmo son características de toda
    actividad en la que pudiéramos involucrarnos ya sea espiritual, física y mental. De
    manera que existe un peligro real de una espiritualidad egoísta, en especial para una
    persona religiosa. Una espiritualidad que desea ser grande, que desea tener una
    experiencia de Dios o de santidad, guardarla, acumular más y aferrarse a ella aún a
    costa de los demás.

    Los Padres del Desierto en sus dichos se refieren constantemente a los peligros de
    una espiritualidad egoísta. Tal vez esta es la razón por la cual San Juan de la Cruz nos
    dice que abandonemos todo deseo, aún el deseo de Dios. No al amor de Dios, a
    nuestro innato anhelo por Dios, al que no podemos renunciar, sino a nuestro deseo de
    Dios – el deseo de poseer, de controlar, de ser dueños, de guardar a Dios. En este
    modo de rezar, en esta simple ascesis de una sola palabra, atacamos la mismísima
    “raíz del pecado”, como la llama La Nube del No Saber, la raíz de nuestro ego. Nos
    entregamos. Hay una frase en Alcohólicos Anónimos: sal de ti mismo y deja entrar a
    Dios.

    Por supuesto, el ego es un estado natural del desarrollo de nuestra humanidad. El ego
    se desarrolla a cierta edad en un niño, y el ego es una fuerza necesaria y útil, una
    herramienta, un instrumento de la conciencia. Sin el ego no podríamos comunicarnos
    con los demás. No podríamos relacionarnos. No es que el ego sea malo por si mismo.
    No hay nada en la naturaleza humana que sea malo en si mismo. Por lo tanto Jesús
    que era humano debió haber tenido un ego y sin embargo Jesús no pecó, era un
    hombre igual a nosotros en todo menos en el pecado.

    ¿Cómo entendemos los problemas del egoísmo? Todos estos obstáculos, todas
    estas faltas pueden entrar en nuestra vida espiritual. Pero si miramos a Jesús, creo
    que vemos un hombre que por cierto tenía un ego, y que podía decir “Yo” y que tenía
    voluntad, un hombre que pudo abandonar su ego y su voluntad al final de su vida: “que
    se haga tu voluntad, no la mía”. De modo que vemos a un hombre que tenía un ego, y
    era claramente un ego fuerte, pero un hombre que no pecó, porque nunca se
    identificó con su ego. Nunca dijo “Yo soy mi ego”. Esa fue la gran tentación que sufrió
    en el desierto, identificarse a si mismo con las tendencias del egoísmo. Fue tentado.
    El ego manifestó claramente sus tendencias en él, pero él nunca identificó su
    verdadero ser con el ego. Nosotros que hemos pecado tenemos el trabajo de
    despegarnos de esa identificación, rompiendo esa identificación, en otras palabras
    simplemente despertándonos al hecho de que tenemos un ego, y que siempre es útil
    que esté allí, pero que no sea quien soy. El ego no es mi identidad verdadera y más
    profunda.

    Todo esto presenta un gran desafío para la cultura moderna, para nuestra sociedad
    contemporánea, porque el ego está demasiado hiper activado en nuestra sociedad. El
    ego es la gran fuerza de una sociedad tecnológica y de consumo, la sociedad
    tecnológica que quiere estar en control de todo, y la sociedad de consumo que está
    dominada por el deseo.
    De lo que debemos cuidarnos es que de en esta cultura se cree una espiritualidad de
    consumo o una espiritualidad tecnológica, una espiritualidad que, por ejemplo, se
    identifique con técnicas psicológicas. O una espiritualidad que se identifique sólo con
    los deseos de alegrías espirituales, de placeres espirituales.

    Este es el rol del ascetismo en una sociedad como la nuestra. Es la comprensión de
    que el ascetismo y la esencial ascesis de la vida cristiana es la oración. El ascetismo
    es el modo de recuperar la voluntad básica en la persona humana. Esta voluntad es
    más profunda que los deseos de nuestro ego. Esta voluntad básica es nuestra
    inclinación, nuestra tendencia natural a Dios, lo que los antiguos padres
    Cistercienses, llamaron el pondus, la gravedad natural en nuestra alma que nos lleva
    hacia Dios. El propósito del ascetismo no es aplastar la voluntad o castigar, sino
    limpiar, limpiar las obstrucciones, desplegar la mente, y revelar la bondad esencial en
    este centro de la persona humana, para que lo que hagamos esté bien y lo que
    deseemos hacer esté bien. Y, con este modo de oración, con esta ascesis de una sola
    palabra, llegamos a la raíz de nuestro ego.

PADRE LAURENCE FREEMAN
OSB

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