LA COMUNIDAD MUNDIAL PARA LA
MEDITACIÓN CRISTIANA
APRENDE A VIVIR EN LA PRESENCIA DE DIOS
El Ser Verdadero
Traducción por
Ana Inés Privitello
de Argentina
    Jesús usa la frase “nuestro ser verdadero”: ¿De qué le servirá al hombre ganar el
    mundo entero si pierde su ser verdadero?” (Lucas 9:23-26).   Es muy difícil responder
    esta pregunta. ¿Qué es el ser? ¿Qué es mi ser verdadero? Es realmente casi
    indefinible. Pero evidentemente es importante que entendamos que significa, ya que
    esta es la razón por la que estamos realizando todo este trabajo de abandonar
    nuestro falso ser.

    Es casi indefinible, pero encontré una frase muy hermosa de un filósofo hindú del
    siglo diecisiete. Dice: “El ser es la luz interior.  Es evidente y no se convierte en objeto
    de percepción”.

    En el Evangelio de Tomás, encontramos este dicho secreto de Jesús: “El Reino está
    dentro de vosotros y está fuera de vosotros. Si se conocen a sí mismos, los demás
    los conocerán. Y ustedes sabrán que son los hijos del Padre vivo”.

    Creo que a eso se refiere Jesús al contestarle a los fariseos en el Evangelio de Lucas
    cuando le preguntan: “¿Cuándo vendrá el Reino de Dios?”.  El respondió: “No se
    puede decir por simple observación cuando vendrá el Reino de Dios. No se dirá:   
    Miren aquí está o allá está, ya que en realidad el Reino de Dios está dentro de
    ustedes.”(Lucas 17:20-21). Si podemos ver la conexión, que creo debemos verla,
    entre el Reino de Dios y nuestro verdadero ser, lo que tienen en común, si es que en
    realidad no son la misma cosa, es que no podemos observarlos. No podemos decir:
    “miren, allí está o aquí está.”

    El Reino de Dios es la experiencia de nuestro ser verdadero, y no admite ser
    observado. En otras palabras, está más allá de la conciencia personal. Está más allá
    de las actividades mentales normales o que nos son familiares por las cuales
    objetivamos algo, lo analizamos y lo etiquetamos. Constantemente lo hacemos,
    seamos o no intelectuales. Siempre estamos intelectualizando, objetivizando las
    cosas. Tal vez ayude considerar este ser verdadero en relación con el ego.  Tal vez
    una historia es la mejor manera de entenderlo. Es la historia de un hombre que le
    hace un favor a un ángel y, que como recompensa, recibe un criado. Este criado, es
    un criado con poderes mágicos que hará todo lo que su amo desee. Esto es algo
    maravilloso de poseer y así durante unos días el dueño usa a su criado para obtener
    todo lo que quiere. Pero después de unos días de tener todo lo que quiere, lo único
    que quiere es que su criado no le estorbe. Y luego descubre que su criado es
    incontenible. Constantemente se le acerca, sin darle un momento de tranquilidad,
    pidiéndole cosas para hacer y sin darle un momento de descanso, tanto es así que
    comienza a agotar completamente a su amo y lo deja exhausto. El hombre llega casi
    al punto del colapso total cuando se le ocurre una idea brillante. Coloca un mástil en
    el medio del patio. Cada vez que el criado viene hasta él a pedirle algo para hacer  y
    no quiere darle nada, le dice: “Sube y baja del mástil hasta que te diga que pares”.

    Es una historia muy buena que describe la relación entre el ser verdadero y el ego y
    que incluso expresa algo del misterio de la oración. El subir y bajar del mástil podría
    ser descrito como nuestra oración. Toda oración tiene esta cualidad repetitiva, el
    aquietamiento de la mente que nos lleva a la ecuanimidad, a una disciplina, a una
    disciplina repetitiva como la del mantra, que mantiene al ego en su lugar. Es el total
    renunciamiento a nuestra falsa identificación con nuestro ego. Ese estado sin auto-
    conciencia es la condición esencial de nuestro verdadero ser.

    Es la razón de por que no podemos ver a nuestro verdadero ser. San Ireneo dice que
    Dios no  puede convertirse en un objeto de nuestro conocimiento. Sólo podemos
    conocer a Dios compartiendo el propio auto conocimiento de Dios. No podemos decir,
    “Mira aquí está Dios”,  como si Dios fuera algo o alguien separado y exterior a
    nosotros. Dios nunca puede ser un objeto de nuestro conocimiento.

    El espíritu de Dios es el auto conocimiento de Dios. Y la gran revelación cristiana es
    que el don del Espíritu, todo el propósito y el significado de la vida y la misión de
    Jesús, es que envío del Espíritu, el envío del auto conocimiento de Dios, el amor del
    Padre y del Hijo que nos envuelve, que nos absorbe hacia dentro del conocimiento de
    Dios. Solo podemos conocer a Dios al ser guiados hacia el interior del Espíritu de Dios.

    Al igual que no podemos mirar a Dios como si fuera un objeto, no podemos mirar al
    verdadero ser que somos. De la misma manera, no podemos mirar al ser de otra
    persona. No podemos decir: “Mi ser verdadero está mirando a tu ser verdadero”.
    Jesús describe un estado donde no existe el interés personal, o más bien un estado
    donde no existe el ego, en este estado somos capaces de ver, conocer y amar a
    Cristo en el otro porque vemos, conocemos y amamos a Cristo en nosotros mismos.
    El estado de mirar al otro como si estuviera separado de nosotros es el estado de
    egoísmo, el estado de la dualidad y de la separación. Generalmente nos relacionamos
    con los otros en ese estado, mi ego relacionado con tu ego, de esta relación depende
    que nos encontremos atractivos o no. Que estemos de acuerdo o en desacuerdo.
    Que nos guste o que no nos guste, Que amemos u odiemos. Que juzguemos o
    perdonemos. Todas aquellas actividades que nos relacionan con los demás, y que
    son actividades vitales para la vida de la comunidad, están al nivel de ego. En una
    comunidad cristiana nuestro objetivo es encontrarnos unos con los otros, no al nivel
    de nuestros egos separados, sino como en la visión de Benito: “Amarse unos a los
    otros a nivel del ser verdadero, donde somos uno, y donde la unidad que tenemos
    unos con los otros no es nada menos que Cristo mismo.”

    No podemos separar a Cristo de nuestro ser verdadero. No se sé si podría decir que
    Cristo es nuestro ser verdadero, pero no podemos separar a Cristo de nuestro ser
    verdadero: Si hemos encontrado nuestro ser verdadero, entonces hemos encontrado
    la longitud de onda en la cual podemos relacionarnos con los demás de forma
    verdaderamente amorosa, verdaderamente compasiva, con verdadera empatía,
    verdaderamente sin juzgar, verdaderamente tolerante, soportándonos mutuamente
    en nuestra debilidad de cuerpo y carácter. Esto está muy relacionado con nuestras
    relaciones interpersonales, muy relacionado con el perdón por ejemplo. No podemos
    perdonarnos unos a los otros verdaderamente a menos que estemos en contacto
    con nuestra verdadera identidad, con nuestro propio bien esencial. No podemos
    perdonarnos unos a los otros y por lo tanto no podemos relacionarnos los unos con
    los otros, a menos que estemos en contacto con ese ser verdadero. El proceso del
    perdón ocupa un lugar tan importante en la visión cristiana precisamente por esta
    razón- porque es en el proceso del perdón cuando nos desapegamos del ego y
    encontramos nuestro verdadero ser, en esa experiencia encontramos el poder de
    amarnos los unos a los otros. Cristo es el ejemplo supremo y el maestro en esto. El
    ego es trascendido en esta oración pura. Y en la trascendencia del ego la
    reconciliación y la comunión se hacen posibles.

    Entonces al haber encontrado el ser, el ser verdadero, llegamos a la condición de
    Dios de ser incondicionalmente amorosos. Ese es nuestro llamado a “ser perfectos,
    como lo es nuestro Padre celestial”, nuestro Padre celestial que brilla sobre los
    buenos y sobre los malos de la misma forma, que ama igualmente a los buenos y a
    los malos. Somos llamados a amar de esa manera, a conocernos unos a los otros de
    esa forma, en el terreno común del existir, conocernos y amarnos en Dios. Solo
    podemos hacerlo si hemos encontrado nuestro verdadero ser, este verdadero ser al
    que no podemos mirar, pero el verdadero ser que somos, que simplemente somos.
    Por esta razón el punto de inicio de cualquier viaje espiritual tiene que ser el
    reconocimiento y la afirmación de nuestra bondad esencial. Ese es probablemente el
    punto al que más nos cuesta llegar a la mayoría de nosotros porque hasta que
    alcanzamos este punto no podemos realmente creer que este viaje es posible.

    Tal vez, incluso, hasta que lleguemos a creer en nuestra bondad esencial, logremos
    perder el miedo de descubrir quiénes somos realmente.
PADRE LAURENCE FREEMAN
OSB

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