Ayer en la noche, en la Misa de la Cena del Señor, que abre el Triduo Pascual y que termina la Cuaresma, entramos a un tiempo sagrado. Aquí en la Isla Bere estamos haciendo lo que llamamos un retiro espiritual. Pero, ¿que es lo que significa “espiritual”? A veces utilizamos esta palabra cuando no sabemos qué más decir. Otras veces la usamos para diferenciar un nivel de experiencia que es diferente a lo “material”. Y así, cuando vamos explorando estos significados a la luz de nuestra experiencia ordinaria, podemos entonces ver que las barreras entre la mente y la materia, lo espiritual y lo material, simplemente se disuelven. La ciencia nos ofrece formas para describir la realidad, más que explicarla exhaustivamente. Sabemos ahora, por ejemplo, que lo que llamamos materia sólida es tan transitoria y evanescente como lo es la energía mental. Todo es energía. Einstein decía que la materia es una forma de energía y Teillhard decía que el espíritu es “materia incandescente”. Con el descubrimiento de la “materia obscura”, que compone la mayor parte del cosmos, tenemos otra metáfora que nos ayuda a comprendertanto a nosotros mismos, como a la consciencia y al universo. La madorla es un símbolo antiguo que ilustra el encuentro y la intersección de dos círculos paralelos, creando una zona de unidad integral – lo que podríamos llamar las esferas de la expansión y contracción de lo sagrado. En la Eucaristía entramos a la unión de lo espiritual y lo material, viviendo las implicaciones más profundas de la misma Encarnación. Digerimos el pan y el vino que se hacen parte de nosotros mismos y luego, a través de nosotros, parte del mundo (tanto humano como impersonal) nos cubre. En la meditación pasamos y trascendemos la fuerza egoísta que nos separa y que trata seguido de convertir a las divisiones mismas en sustitutos de lo sagrado – olvidando que lo que divide (lo di-abólico) niega lo sagrado. Atrás de la misteriosa comunión del espíritu con la materia, de nuestro ser y el de los otros, que celebramos en la Eucaristía - no es magia, pero es la entrega de Cristo que encarna la entrega divina. Qué extraño entonces que hayamos transformado la Eucaristía en otra estructura de poder, llena de reglas y regulaciones que pueden más a menudo dividir que unir. En el corazón de la Misa está la suprema energía lo que da fuerza, que es la energía más poderosa y más creativa del amor. Cuando ayer en la noche, mientras el viento soplaba fuerte afuera y nos lavábamos los pies entre los meditadores y la gente del pueblo, sentí que tratábamos de expresar y de comprender esta sencilla y unificadora verdad que nos permite entrar al valle obscuro del Viernes Santo sin miedo.