LA COMUNIDAD MUNDIAL PARA LA
MEDITACIÓN CRISTIANA
APRENDE A VIVIR EN LA PRESENCIA DE DIOS
La Oración de la Fe
Traducción por
Ana Inés Privitello
de Argentina
    La meditación es eminentemente la oración de la fe. Conocemos a Cristo,
    principalmente no por medio de un acto cognitivo, sino por medio de la fe. La
    meditación, la oración pura, es la oración de la fe. Al abandonar los pensamientos,
    las palabras y demás quedamos con la palabra, el mantra, el acto de fe pura. Nos
    hace darnos cuenta por experiencia propia lo que es la fe. La fé no es un sistema de
    creencias. La fe no es lo mismo que nuestra teología. La fe es nuestra relación con
    otra persona. La fe es nuestra capacidad de mantener una relación. Por ejemplo,
    hablamos de ser fieles a nuestra comunidad, en el matrimonio, en la amistad. La fe
    es la capacidad que poseemos, el don que poseemos, de mantener una relación.
    Solamente podemos conocer a una persona cuando entablamos una relación con
    ella. No se trata solamente de los pensamientos que tenemos, sino de la relación
    que mantenemos.

    La mayoría de nosotros comenzamos nuestra relación con Cristo de niños. Jesús
    era como un amigo de la familia, uno de los adultos en nuestras familias, amigo de
    nuestros padres, sacerdotes y maestros. A medida que maduramos, comenzamos a
    conocer a este amigo de la familia como una persona madura, por derecho propio y
    comenzamos a conocerlo personalmente. La fe crece y se desarrolla. Nuestra fe en
    Jesús está construida no tanto sobre lo que se dice de Él, sino sobre lo que Él dice
    de sí mismo - está construida sobre su propio auto-conocimiento. Es ahí donde
    reside su autoridad, al igual que nuestra fe en nosotros mismos, por ejemplo, está
    construida más sobre lo que sabemos de nosotros mismos que sobre lo que los
    demás digan sobre nosotros. Lo que Jesús dijo sobre sí mismo es esto:

    Los siete ´Yo soy´ de Jesús:

  • Yo soy la verdadera vid (Juan 15:1)
  • Yo soy el camino, la verdad y la vida (Juan 14: 6)
  • Yo soy la puerta ((Juan 10:7)
  • Yo soy el pan de vida (Juan 6:35)
  • Yo soy el buen pastor (Juan10:14)
  • Yo soy la luz del mundo (Juan 8:12)
  • Yo soy la resurrección y la vida (Juan 11:25)

    Lo que esos términos nos sugieren es a Jesús revelándose a nosotros, no como un
    objeto de adoración, ni como una figura de culto, sino como un maestro pidiéndonos
    nuestra total reverencia y amor, como un guía pidiendo nuestra total confianza y
    abandono, como un hermano, como un amigo: “Ya no los llamo siervos, sino
    amigos.” Un amigo que sabemos amó a los suyos en este mundo, uno que no es un
    moralista sino un liberador, un maestro del Camino, un guía, una puerta, el Camino,
    con Él en el espíritu hacia el Padre.   El modo más efectivo de madurar nuestra fe, es
    por medio de la oración, por medio de la profundidad de la oración.

    Nuestra oración siempre está profundizándose y madurando. Nos movemos, tal vez,
    más allá de cierto tipo oración, no porque sea mala, sino simplemente porque vamos
    entrando en una relación más profunda con Cristo. Tal vez cuando empezamos esta
    relación dependíamos en gran medida de fotos, o imágenes mentales de esta
    persona, pero a medida que maduramos, a medida que vamos siendo más capaces
    de tener una relación humana, esta foto, esta imagen mental de Cristo, va cediendo
    el paso cada vez más al encuentro con la persona real. Este encuentro que ocurre
    fundamentalmente en el ámbito de nuestro corazón, de nuestra experiencia
    personal, luego se ve hermosamente enriquecido en la Eucaristía, en las Escrituras,
    en la comunidad, todos los otros caminos en los que también encontramos a la
    persona resucitada de Jesús. El Espíritu siempre está trabajando en nosotros,
    preparándonos para verlo, para que veamos a Jesús más claramente. Creo que el
    punto de partida es saber que Jesús nos está buscando, somos su oveja perdida.  
    En los Evangelios,  Jesús habla más de Dios buscándonos que sobre la obligación
    humana de buscar a Dios. Nuestra fe en Jesús se basa en esta confianza que habita
    en nosotros, buscándonos en el sentido de que al buscarnos nos aparta de nuestro
    ego y nos lleva hacia  dentro de nuestro verdadero ser. Ese el viaje de la oración
    Cristiana: con Jesús, en el Espíritu, hacia el Padre.

    Por ejemplo, lo que nos enseña acerca de la oración en el Evangelio de Mateo, el
    sermón de la montaña, es esta experiencia de la presencia que vive en el interior de
    nuestros corazones. Internamente, con fe, con confianza, con atención, “pongan sus
    mentes en el reino”, en paz, sin preocupaciones ni ansiedad. Nos enseña el camino
    a la oración pura. Pero por sobre todo, nos enseña a orar con nosotros y en
    nosotros. Cristo está orando en nuestro interior. La mente de Cristo, la conciencia
    humana de Cristo está en nuestro interior. Así, Cristo está orando en nosotros a
    través de una misteriosa unión, y Él es el maestro de la oración.

    La oración de Jesús, la palabra encarnada, es la oración perfecta del ser humano.
    Nadie puede hacerlo mejor, y por lo tanto Él es Él quien nos enseña a orar. Medita en
    nosotros, percatándose de su propio ser como el Hijo en unión con el Padre tal como
    nosotros nos percatamos de nuestro verdadero ser. La oración que está en el
    Espíritu, su oración que va más allá de las palabras y los pensamientos, más allá del
    ego; su verdadero ser, en unión con el Padre y al mismo tiempo en unión con
    nosotros – ese es el misterio de la oración Cristiana. Jesús, que es uno con el
    Padre, se hace también presente en cada uno de nosotros, en forma única y
    universal. Verlo a Él es verlo ver al Padre.

    Entonces, el punto de partida de la oración Cristiana es que entramos en la oración
    de Cristo mediante nuestra unión con su conciencia humana. Y debemos encontrar
    nuestro verdadero ser para poder encontrarlo a Él. Debemos olvidarnos de nosotros
    mismos para seguirlo. Nuevamente el Evangelio de Juan nos dice:

    “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y nosotros vimos su Gloria, la Gloria
    del unigénito del Padre, lleno de Gracia y de Verdad. De su plenitud, todos nosotros
    hemos participado y hemos recibido Gracia sobre Gracia. Porque así como la Ley
    fue dada por medio de Moisés, la Gracia y la Verdad nos han llegado por Jesucristo.
    Nadie ha visto jamás a Dios Padre; el que lo ha revelado es el Hijo único, que es el
    más cercano a su Corazón.” (Juan1, 14. 16-18)
PADRE LAURENCE FREEMAN
OSB

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