LA COMUNIDAD MUNDIAL PARA LA
MEDITACIÓN CRISTIANA
APRENDE A VIVIR EN LA PRESENCIA DE DIOS
Las etapas de nuestro viaje
Traducción por
Ana Inés Privitello
de Argentina
    Me gustaría considerar las etapas que todos tienden a atravesar mientras comienzan
    un viaje interior tal como el camino de la oración pura que describe Cassian, de
    meditación cristiana como lo describe John Main.

    Frecuentemente cuando uno comienza la primera etapa es como escuchar la Palabra
    y volver a casa. Sentimos el primer fervor de conversión. Hay un sentido de
    reconocimiento, algo intuitivo en nosotros le responde. Hay un despertar y un
    entusiasmo, y una comprensión del significado de todos estos términos: pobreza,
    simplicidad, quietud, silencio. Todos estas palabras tienen un significado atractivo
    que nos llena de paz, de una energía de paz, que nos da el poder motivador para
    comprometernos con ella. Con esta primera etapa viene la capacidad de estar en
    soledad, la felicidad de estar con uno mismo. Es sencillo estar con uno mismo cuando
    no se están buscando distracciones agitadas, cuando no se está buscando el
    chismorreo, cuando no se están buscando cosas para llenar nuestro tiempo y
    nuestras mentes. Y también estamos listos para la disciplina. La disciplina no parece
    ser tanta, dos medias horas en el día es simple.

    Pero de esta etapa nos movemos inevitablemente a la segunda. En la cual sentimos
    un gradual, tal vez una repentina disminución de ese entusiasmo, de ese primer
    fervor. Ese gran momento de despertar y comprensión comienza a desvanecerse o a
    desaparecer. Comenzamos a sentir que se necesita mucho más esfuerzo para
    mantener el impulso. En esta etapa la disciplina comienza a ser un poco problemática.
    Es mucho más tentador pasar de largo una o dos meditaciones porque ahora es un
    poco más difícil. No tenemos ese mismo entusiasmo. Es en esta etapa en la que
    también comenzamos a desear más experiencia. Esto de la pobreza, del vacío,
    parecen un poco vacías y nos gustaría que algo sucediera. En esta segunda etapa,
    bien podríamos redescubrir nuevamente el entusiasmo, en un nivel interior personal
    más profundo y más simple. Repentinamente comprendemos que este es un viaje,
    que debemos de pasar por estos cambios de humor.

    Pero luego puede aparecer una tercera etapa, la que los Padres del Desierto llamaban
    acedia, la noche de los sentidos, un sentimiento de real aridez emocional. Y con este
    sentimiento de sequedad, secos en nuestra oración, llega la ira. Con esa acedia con
    frecuencia llega la impaciencia, la irritabilidad, tal vez el comienzo de la liberación de
    la ira interior que hemos suprimido psicológicamente. En este momento comenzamos
    a inquietarnos, a buscar métodos más rápidos, más fáciles, atajos. En este momento
    podemos dejar completamente la disciplina de los dos periodos diarios de meditación
    porque sentimos que hay progreso.

    Y una vez más, a medida que atravesamos por esta acedia, podemos volver a entrar
    en un renovado sentimiento de compromiso. Puedes abandonar por un tiempo y luego
    sentir que algo te falta. Piensas: lo que sea que estuviera haciendo no pudo haber sido
    tan malo porque ahora siento que me falta algo que antes tenía. Entonces
    comenzamos nuevamente. Y entre todas estas paradas y volver a empezar está el
    sentimiento de que estamos siendo guiados, que volvemos a la senda del Espíritu.
    Pero luego puede que nos encontremos en un periodo de turbulencia, verdadera
    turbulencia. Perdemos el poco progreso que parecíamos haber logrado. Vuelven a
    nosotros para acecharnos las cosas que parecía que habíamos trascendido.
    Nuevamente llega una nueva ola de sentimientos realmente negativos. Nuestra parte
    en sombras que generalmente se encuentra detrás nuestro, se proyecta delante
    nuestro. Debemos enfrentar nuestra propia sombra, y eso puede ser muy difícil para
    nosotros mismos y a veces para la gente que vive con nosotros. Aparece el impulso
    de correr. Es aquí donde más necesitamos la ayuda de los demás. Necesitamos el
    apoyo y el aliento de los demás para permanecer en este viaje. Esta es la maravilla de
    una comunidad. No sería bueno si en una comunidad todos estuvieran en la misma
    etapa al mismo tiempo. Si todos estuvieran en el estado de acedia en mismo
    momento sería terrible.

    Afortunadamente alguien justo recupera su primer fervor de conversión cuando
    nosotros estamos entrando en nuestra acedia. Así, de alguna manera, nos vamos
    ayudando a avanzar a salir adelante. De acuerdo con la tradición del Desierto, el niño
    de la acedia, el la apatheia y el agape. Si salimos de la acedia entramos en la apatheia
    – paz y calma, ecuanimidad. No es la supresión o la perdida del sentimiento no es que
    perdamos nuestros sentimientos o que muramos emocionalmente, sino que nuestros
    sentimientos estén tal vez más agudos, más claros y más coloridos que antes, ahora
    se encuentran en equilibrio, integrados. De esa apatheia nace el niño del ágape, del
    amor, un amor que no es egoísta. Es en esta apatheia o en esta paz del alma cuando
    nosotros comenzamos a ver la integración de los extremos en nuestro interior. Este
    es el proceso de integración. No es que cortemos los extremos porque nos molesten,
    sino que los integramos. Y cuanto más extremos podamos integrar, seremos más
    completos, más santos. Con la integración de los extremos llega el balance y la
    moderación. A media que integras los extremos puedes encontrar un centro más
    profundo y este espíritu de moderación otorga profundidad y arraigo.

    En esta etapa descubrimos que incluso la motivación, nuestros motivos por seguir
    este camino de oración pura, están cambiando. Nuestros motivos iniciales son
    bastante egoístas. Estas son todas las cosas que quiero para mi mismo. A media que
    somos guiados por el Espíritu cada vez más profundamente en el proceso de
    crecimiento, nuestros motivos de proseguir con el viaje se van haciendo menos
    egoístas. Tal vez entonces comenzamos a entender que orando nos convertimos en
    la persona que Dios nos llama a ser. Es en la oración donde cumplimos nuestro
    destino: que somos lo que Dios quiere que seamos, estamos haciendo lo que Dios
    quiere que hagamos, que es simplemente glorificarlo en nuestra oración, el propósito
    de toda creación, reflejando a Dios su propia gloria.

    Finalmente existe otro modo, un modo muy simple y práctico en que podemos pensar
    nuestro viaje de oración pura. Es simplemente el modo en que decimos la palabra, en
    que recitamos el mantra. El propósito del mantra, como ya sabemos ahora, es sacar a
    nuestras mentes de nosotros mismos, llevar nuestra mente a la quietud y guiarnos a
    través de nuestras distracciones. Es diciendo la palabra, como la palabra se arraiga
    en nuestros corazones en el modo que Cassian lo describió en la tradición de la
    Oración de Jesús: orando en nosotros todo el tiempo y uniendo los diferentes niveles
    de nuestra conciencia, incluso nuestro cuerpo, a la oración del Espíritu, en nuestro
    interior.

    Hay un proceso al decir el mantra. En realidad no es un progreso lineal peo ayuda
    pensar en las etapas en las que le manta se arraiga. El primer paso,  por ejemplo, es
    cuando simplemente decimos el mantra pero nuestras distracciones nos
    interrumpen constantemente. Tal vez lo digamos durante unos pocos segundos antes
    de irnos por otra tangente. Luego, en forma gradual en la  medida en  que somos
    suficientemente humildes  (es un trabajo que requiere mucha humildad) como para
    perseverar, para seguir regresando al mantra, es entonces cuando es como si no lo
    dijéramos más, aparecen periodos de atención sin distracciones apenas un poco
    más largos. Las distracciones aún están allí pero ya nos interrumpen mientras
    decimos el mantra. En esta etapa es como si estuviéramos haciendo sonar el mantra.
    Se necesita menos esfuerzo para decirlo, todavía cuesta cierto esfuerzo, siempre es
    un acto de fe, pero más natural, cada vez más arraigado.

    Luego comenzamos una etapa en la que decimos el mantra durante períodos de
    tiempo sin distracciones. En esta etapa estamos escuchando la palabra. La estamos
    diciendo, la estamos haciendo sonar, la estamos escuchando, interrumpidos por las
    distracciones, sin ser interrumpidos por las distracciones,  sin distracciones- están
    son las etapas que pueden repetirse una y otra vez, no importa el tiempo de nuestro
    viaje. No podemos medir nuestro progreso por ningún signo externo, porque no hay
    nada que medir. Son simples etapas que  reconocemos como signos del proceso que
    atravesamos. Pienso que son las parábolas del Reino- el tesoro enterrado en el
    campo, la semilla plantada en la tierra que germina no sabemos como, la perla de
    gran valor por la que venderemos todo- las que nos traen un profundo comprensión
    sobre lo que está pasando en nosotros mientras perseveramos en nuestro viaje. Es
    un viaje hacia Dios y por lo tanto es un viaje que sea hace cada vez más difícil de
    medir. San Gregorio de Nisa dice que encontrar a Dios consiste en buscarlo siempre,
    sin parar. Nuestra vida es un seguir la Palabra siempre, sin parar.  
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PADRE LAURENCE FREEMAN
OSB

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