LA COMUNIDAD MUNDIAL PARA LA
MEDITACIÓN CRISTIANA
APRENDE A VIVIR EN LA PRESENCIA DE DIOS
Muerte y Resurrección
Traducción por
Ana Inés Privitello
de Argentina
    Para encontrar nuestra vida, debemos perderla. Esa es la paradoja a la que Jesús nos
    enfrenta. Para tener vida, para estar vivos, completamente vivos, debemos aprender a
    morir, morir dentro de la  vida, como zambulléndose en las olas, Aprendemos a morir,
    desenganchándonos de la compulsión egoísta de estar haciendo algo, de estar en
    control, de estar produciendo, etcétera.

    El llamado a la unidad, el camino de la santidad, creo, que nos obliga a un encuentro
    personal con la ley espiritual de la muerte y la resurrección.

    Debemos perdernos para encontrarnos, abandonar nuestro ego para encontrarnos
    en Dios. Este es un proceso doble, la muerte y la resurrección. Ocurren
    simultáneamente, no podemos separarlos. Puede ser que en algún momento se esté
    más conciente o se sienta más alguno de ellos, pero la unidad de este proceso en
    Cristo, la muerte y la resurrección de Cristo, integra estas dos fuerzas. Estamos
    compartiendo los sufrimientos de Cristo para que también podamos compartir su
    resurrección.

    Cada periodo de meditación es una muerte, morir un poco más al ego, a nuestra
    identificación con el ego, y un resucitar un poco más profundo a nuestra unidad con
    nuestro ser verdadero, con Cristo. Cada periodo de meditación es una muerte porque
    enfoca este proceso multidimensional en el centro de nuestro ser. Podemos morir a
    nuestro ego en el modo en que nos relacionamos con los demás en el refectorio.
    Podemos morir a los otros  en todas las diferentes maneras en que interactuamos.
    Pero estas diferentes  formas se unifican en nuestra oración. Recordemos lo que
    Cassian dijo acerca de la oración pura, el modo en que nos concentra y unifica, el
    mantra expresa cada pensamiento y sentimiento del que seamos capaces.

    De esta manera, en nuestra oración, todo este proceso de nuestra vida se enfoca en
    el mismo centro de nuestro ser. Y es en nuestra oración donde podemos darnos
    complemente a él, en un sacrificio viviente, San Pablo lo llama: devoción ofrecida por
    el cuerpo y el corazón. Al entregarnos completamente a ella, realizamos un gran acto
    de renunciamiento, de olvidarnos de nuestro ser, de abandono. Es en este proceso de
    morir a nuestro ego, que descubrimos la unidad y nos santificamos. La santidad no es
    algo a lo que llegamos saltando por encima de nuestras dificultades y problemas y
    personalidades y egos, la santidad es el estado o el resultado de reconciliar las
    fuerzas opuestas en nuestro interior, reconciliar el conflicto que tenemos en  
    nuestros corazones, en nuestras mentes y en nuestras psiquis, integrar los
    extremos. Y esa el la sabiduría de Benito y de todas las grandes tradiciones
    espirituales que enfatizan la moderación, el balance, el equilibrio. Cuando
    encontramos el centro encontramos el  punto de equilibrio. Nos equilibramos,
    equilibramos nuestra vida, equilibramos nuestros apetitos, equilibramos nuestras
    reacciones emocionales. Nos convertimos en personas más integradas, desde el
    centro.

    El verdadero trabajo de la vida espiritual es hacer completamente conciente este
    proceso de integración. Con nuestra oración cooperamos con eso. Nos alineamos
    con esa profunda vida espiritual que siempre está viviendo en nuestro interior,
    seamos o no concientes de ello. Estamos siendo integrados, reunidos, construidos.
    Deberíamos tomar completa conciencia de ello. Si podemos verlo de esta manera, si
    tenemos una visión personal y de nuestro viaje humano esencialmente contemplativa,
    entonces creo que cambia el modo en que nos evaluamos, el modo en que nos
    juzgamos. Si vemos que este proceso es esta vida fundamental que está viviendo en
    nuestro interior, la vida de Dios en nuestro interior, entonces cuando pensamos en la
    perfección ¿en qué pensamos? ¿Qué es ser perfecto, “ser  perfecto como tu Padre
    Celestial es perfecto”? Creo que si evaluamos la perfección en términos morales no
    alcanzamos a comprender el misterio humano. La perfección en esta vida, significa
    simplemente estar completamente concientes, estar completamente despiertos.
    Nunca podemos ser perfectos tal como Dios es perfecto, en el sentido de nunca
    haber cometido falta alguna. Pero el llamado de Jesús es seguramente a estar
    completamente despiertos. De manera que ser perfectos es estar completamente
    concientes.

    Esta experiencia de muerte a la que la meditación nos guía implica separación. La
    separación es un elemento esencial en toda experiencia de muerte. Es por lo tanto
    también un elemento esencial para llegar a la unidad. Comenzamos a morir cuando
    nos separamos de nuestra madre, nos separamos del útero, nos separamos de su
    pecho, cuando nos separamos emocionalmente de nuestra madre, de nuestros
    padres y de nuestra familia. Cada uno de éstas es una experiencia de muerte que
    implica pena e implica una nueva vida.

    Para el cristiano la muerte es separación, no aniquilación. Creemos en la vida
    después de la muerte. San Benito nos dice: tengan siempre presente a la muerte.
    Tengan siempre presente este fundamental proceso de la vida.  No se olviden del
    porqué están allí; no se olviden que ésto es lo que está sucediendo. En ésto los está
    enfocando su plegaria, éste es el significado de la vida. Ser conciente de ello, siempre
    tenerlo presente, ser siempre concientes del proceso de muerte, los fortificará, y los
    mantendrá despiertos. Abrazar la muerte, el proceso de muerte cada día con nuestra
    oración, enfocándolo en nuestra oración, también nos prepara para nuestra  muerte
    final, para enfrentarla sin miedo. Lo hace porque nos revela nuestro ser verdadero.
    Somos eternamente lo que somos, la creación de Dios única, amada. No existe la
    muerte en nuestro ser verdadero. Es el significado de Cristo que murió y no morirá  
    nuevamente. El también pasó por la separación del yo, el ego, y no ha vuelto a morir,
    pero muere con nosotros mientras nosotros transitamos nuestro periodo de
    separación.

    Escucha las palabras de San Pablo a los Corintios:

    ´Escuchen! Les voy a revelar un misterio: No todos vamos morir pero todos seremos
    transformados. En un instante, en un abrir y cerrar de ojos, cuando suene la trompeta
    final- porque esto sucederá- los muertos resucitarán incorruptibles y nosotros
    seremos transformados. Lo que es corruptible debe revestirse de la incorruptibilidad
    y lo que es mortal debe revestirse de la inmortalidad.

    Cuando lo que es corruptible se revista de la incorruptibilidad y lo que es mortal se
    revista de la inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra de a Escritura: La muerte
    ha sido vencida. ¿Dónde está muerte tu victoria? ¿Dónde está tu aguijón? Porque lo
    que provoca la muerte es el pecado y lo que da fuerza al pecado es la ley. Demos
    gracias a Dios, que nos ha dado la victoria por nuestro Señor Jesucristo! Por eso,
    queridos hermanos, permanezcan firmes e inconmovibles ,progresando
    constantemente en la obra del Señor, con la certidumbre de que los esfuerzos que
    realizan por él no serán en vano. (1 Cor.15:51-58)´

PADRE LAURENCE FREEMAN
OSB

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