LA COMUNIDAD MUNDIAL PARA LA
MEDITACIÓN CRISTIANA
APRENDE A VIVIR EN LA PRESENCIA DE DIOS
Nuestro Verdadero Ser – Un Hijo de Dios
Traducción por
Ana Inés Privitello
de Argentina
    Jesús dice que nuestro ser verdadero es el valor más alto en la vida: ¿De qué le
    servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde a su sí mismo?” (Lucas 9:25).  El
    verdadero ser del que hemos estado hablando, ese que advertimos cuando nos
    despegamos de la identificación con nuestro ego, el verdadero ser que Jesús dice es
    el valor más alto en la vida, ese verdadero ser es un niño, un hijo de Dios. En este
    verdadero ser que somos, somos más verdaderamente hijos de Dios que hijos de
    nuestros padres. Tenemos una realidad superior o una realidad más esencial como
    hijos de Dios, al ser ésta nuestra relación fundamental en la que están arraigadas
    todas nuestras otras relaciones. Como hijos de nuestros padres, tenemos una
    realidad psicológica y una identidad física, y eso constituye una realidad cierta. Pero
    la realidad fundamental es la realidad que tenemos como hijos de Dios. La tarea de la
    contemplación es advertirlo, descubrir nuestro ser verdadero.

    La experiencia contemplativa no depende de algo abstracto, es algo práctico, real y
    común en el mejor sentido de la palabra común, algo habitual. En el Nuevo
    Testamento, en particular en las enseñanzas de Jesús, la experiencia del Reino
    parece ser lo que nosotros llamamos la experiencia contemplativa. Cuando Jesús
    habla acerca del Reino, el habla de ser como niños: “A menos que sean como un niño
    pequeño, no entrarán en el Reino de los Cielos.” Es esta cualidad de niños la que nos
    posibilita entrar y vivir continuamente en la dimensión contemplativa de nuestra fe.

    Nuestra realidad fundamental es la realidad que tenemos como hijos de Dios. Darse
    cuenta de eso, encontrar nuestro ser verdadero, es el trabajo de la contemplación.
    Este niño de Dios que somos, está llamado a ser un niño completamente maduro. Karl
    Rahner tiene un ensayo maravilloso sobre esta cualidad de ser niños. Dice que la
    cualidad de un niño es la receptividad. La cualidad de un niño adulto, un niño
    completamente maduro es la receptividad sin límites.  Una definición o una manera de
    comprender la santidad, perfección que permite muchos tipos de santidad, muchas
    diferentes formas de ingresar a esta experiencia contemplativa. No podemos ser
    perfectos a menos que seamos la persona irrepetible que somos. Seguir una
    disciplina no significa aplastar nuestra individualidad o convertirnos en algo que no
    somos. Ser un niño adulto, ser nuestro verdadero ser, es estar completamente
    abiertos a ser la persona única que Dios ha creado y que las circunstancias han
    formado, con nuestras heridas y defectos.

    Rahner dice que cualquiera que tenga el coraje de mantener su niñez, de seguir
    abierto a su identidad esencial, podrá encontrar a Dios. “Una persona es un niño que
    emprende la maravillosa aventura de permanecer siempre niño, o más bien, volverse
    cada vez más niño. Su madurez y su divinización son acciones más plenas de su
    cualidad de niño. “Así nuestra divinización es simplemente el desarrollo pleno de
    nuestra identidad esencial como niños de Dios. Podemos ver la relación entre la
    experiencia contemplativa y el ser contemplativo del niño. Los niños son
    contemplativos por naturaleza en formas no totalmente concientes, pero debido a su
    relativa falta de conciencia de sí mismos, son capaces de ingresar completamente en
    lo que llamamos la dimensión contemplativa. Cuanto menos concientes de nosotros
    mismos seamos, más contemplativos seremos, y también más sencillos y abiertos.
    Meditar con niños es una experiencia muy maravillosa. Tenemos muchos pequeños
    grupos de niños que meditan, son grupos que generalmente fueron formados por
    padres que han estado meditando durante algún tiempo y que sienten una necesidad
    natural de enseñarles a sus hijos a entrar en esta dimensión de la oración tan pronto
    como sea posible.

    Es maravilloso ver y darse cuenta de la naturalidad con la que un niño puede sentarse
    en quietud y silencio y hacer este trabajo interior que Cassian describe como el
    trabajo de repetir el mantra. El niño no necesariamente lo encuentra fácil, pero lo
    encuentra natural. La cualidad maravillosa de un niño es que no formula muchas
    preguntas, ya sabes, como si esto es infundido, o recopilado, o sobre la gracia, o la
    simplicidad de la oración. No hacen preguntas teológicas o psicológicas, simplemente
    hacen su trabajo. Son simples. Creo que la meditación que ejerce un maravilloso
    efecto formativo sobre sus mentes. Ellos tienen esta capacidad natural para la
    oración pura, para la experiencia de Dios, para el Reino. A medida que van creciendo
    esta capacidad tiende a perderse o a quedar eclipsada. Parecería ser aconsejable
    exponerlos a ella como parte de su formación religiosa.

    Mientras hacemos el trabajo (La Nube del No Saber siempre llama trabajo a la oración
    pura) y a medida que nuestro ser verdadero se va descubriendo más claramente,
    comienzan a aparecer en nosotros ciertos cambios apropiados para un niño, un niño
    adulto. Estas son algunas de las cualidades de un niño. Po ejemplo, la inocencia.
    Asociamos la inocencia con la niñez. Para un adulto, esta inocencia de un niño sería,
    por ejemplo, la pureza de sus intenciones. Hacemos cosas por razones cada vez más
    simples. Llegamos a unificar la mente con lo que hacemos. Lo hacemos atentamente.
    Lo hacemos sin hipocresía, sin segundas intenciones. Lo hacemos con simplicidad.
    La generosidad es la característica de un niño, al menos algunas veces. Como niños
    de Dios, como niños adultos, esta generosidad se expresa en la forma en que nos
    brindamos, en la forma en que nos entregamos, en que nos abandonamos, en que nos
    comprometemos. Todas éstas son expresiones de la generosidad de un niño. La
    habilidad de responder al llamado del Evangelio, de abandonar todo, la pobreza de
    espíritu de la vida interior depende de esta cualidad de generosidad. Nosotros
    decimos, dejaré todo siempre que me lo devuelvan. Esto es falta de generosidad.

    Llegar a esa generosidad es la obra de la gracia. El trabajo de la simplificación. Un
    niño también se caracteriza por el valor, la falta de miedo, al menos cuando hablamos
    de un niño sano. Con frecuencia el valor de un niño es tan grande que los padres
    deben cuidar de él, protegerlo.   Este valor llega a nosotros como niños de Dios,
    cuando descubrimos nuestro verdadero ser, es la valentía de arriesgar nuestra vida,
    de dejar de lado nuestra vida, de abandonar nuestra identidad familiar. Hay una
    maravillosa frase de Heráclito, uno de los primeros filósofos griegos: “Si podemos
    dejar de pensar en nuestros problemas, generaremos valor”.   Dejar de pensar en
    nuestros problemas, angustias y preocupaciones, ir más allá del estado egocéntrico,
    genera valor. Creo que allí está la enseñanza de Jesús, cuando frecuentemente nos
    dice en los Evangelios, particularmente el las apariciones después de la resurrección,
    que no temamos, en el sermón de la montaña, que no nos preocupemos ni tengamos
    miedo. No se trata solo de comentarios consoladores. Son mandamientos para que
    no nos preocupemos, para que nos movamos más allá del miedo y de la
    preocupación, y es lo que hacemos cuando rezamos nuestra oración.

    Finalmente, la cualidad de la verdad, de la sinceridad. Un niño dice la verdad
    naturalmente, un niño pierde la inocencia o la compromete cuando por primera vez se
    topa con la deshonestidad de los adultos. Recobramos la veracidad por medio de la
    oración, dentro de la vida contemplativa, porque perdemos nuestro miedo. Nuestros
    miedos decrecen gradualmente - miedo de ser conocido, miedo de ser vulnerable.
    Ocultamos la verdad porque tenemos miedo.   Tememos revelar nuestra falsa
    identidad. Pero si sabemos que nuestra falsa identidad es falsa, si sabemos que
    nuestro ego no es nuestro ser verdadero, entonces no nos interesa mostrar un poco
    nuestro ego. No sentimos que debemos cubrirlo para parecer mejor de lo que somos.
    Eso es la humildad. La veracidad es simplemente la humildad del auto conocimiento,
    dejar que nos vean, conocernos como somos realmente. Esos son algunos de los
    cambios prácticos que serán observables a nivel psicológico y social, como resultado
    del trabajo de la oración pura
PADRE LAURENCE FREEMAN
OSB

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