Domingo de Resurrección - 2008
LA COMUNIDAD MUNDIAL PARA LA
MEDITACIÓN CRISTIANA
APRENDE A VIVIR EN LA PRESENCIA DE DIOS
    Queridísimos Amigos:

    El Domingo de Resurrección dura ocho días, es la Octava de la más grande de las
    fiestas cristianas, que distiende el tiempo litúrgico y nos mantiene enfocados en el
    momento presente. Esto ayuda a justificar el envío de este mensaje un día más
    tarde en tiempo secular. Con otra razón doble – una Vigilia que terminó tarde y
    recomenzó muy temprano.

    Los participantes del retiro y los lugareños se reunieron en la iglesia para la
    primera Vigilia Pascual  a realizarse en la isla de Bere en muchos años. Ignorando
    las advertencies que habíamos recibido, encendimos el fuego de Pascua en una
    vieja carretilla al pie de la escalinata de la iglesia. Las llamas estaban rugiendo
    cuando la gente empezó a llegar y poco a poco  empezaron a quemar el fondo de la
    carretilla  y finalmente a consumir su llanta de goma. La interpretación teológica de
    este incidente fue aportada por Giovanni un rato después – el amor de Dios, que
    consume todo lo que ama, el combustible y el fuego fusionándose en una unidad. En
    ese momento nos empezamos a mover para protegernos de la cambiante brisa y
    así evitar el contacto  con el humo negro. No hay ninguna mención al humo en la
    descripción de la zarza ardiente, creo, pero la carretilla en llamas, vista a la luz del
    plenilunio apenas naciente tras la colina, encendió el cirio pascual y luego el
    centenar de velitas que teníamos en las manos, mientras caminábamos en
    procesión hacia la iglesia. Allí ibamos a escuchar de nuevo la vieja historia, cantar
    los esperados aleluyas y una adaptación de Leonard Cohen, lanzar las velitas al
    agua de la fuente,  celebrar la Eucaristía y finalmente meditar.

    A las 5:30 de la mañana siguiente nos reunimos de nuevo en la fría y tempestuosa
    oscuridad, en el filo de una elevación de cara el mar. Como adoradores neolíticos
    nos juntamos en torno al menhir, la piedra que  se yergue según dicen  en el mero
    centro de la isla. No en el centro geométrico según parece, sino más bien en otra
    clase de centro. Formamos un sabio, sonriente y tembloroso cuerpo de Cristo
    mientras cantábamos  y recitábamos himnos, comenzando con el cósmico gayatri y
    moviéndonos luego hacia la música cristiana que expresa y nutre nuestra fe.
    Mientras el horizonte se iluminaba leímos del evangelio de Juan cómo los discípulos
    encontraron la tumba vacía, cómo María se quedó atrás llorando y cómo se sintió
    llamada al reconocer a Jesús. En la medida en que el día se iluminaba pude
    descubrir entre quienes estaban más pegados a mí a un lugareño y a un meditador  
    venido de Praga. La Resurrección tiene su momento en la historia, o no habríamos
    podido ser tocados por ella, pero no cesa de expandirse.

    Morir siempre lleva  a renacer, esa es la ley del karma y de la física. La energía no
    puede ser destruida, solo re-formada. Pero si entramos a la muerte con fe activa en
    el amor estamos asegurados (y en la resurrección estamos convencidos) de que lo
    que sigue no es un renacimiento sino una resurrección. Una ruptura del compulsivo
    ciclo de nacimientos y muertes para entrar en el día eterno, el momento de Cristo,
    el “Yo Soy” de Dios .

    Mientras dejábamos la isla en el ferry ayer en la tarde, hablé brevemente con el
    piloto del ferry, Colm, cuyo hijo se había ahogado hacía tres semanas. Era la
    primera vez que lo veía después de la tragedia, también tragicamente familiar para
    él, pues su hermano había muerto ahogado unos años antes. Su cara rústica
    estaba marcada por años de trabajo a la intemperie y sus ojos claros no
    retrocedían al hablar de su pena, describiéndola abiertamente y con asombrosos
    detalles, expresando simplemente que no había palabras ni explicaciones.

    No hay palabras para explicar tal pérdida, como tampoco las hay para describir la
    esperanza que la Pascua insiste en darnos. Tal vez nuestra antigua fe, renovada
    cada año como lo acabamos de hacer y lo seguimos haciendo, abraza y encuentra
    el espacio para toda la duda que nuestra falta de palabras y nuestra mundanidad
    hacen inevitable.




    Laurence
PADRE LAURENCE FREEMAN
OSB
Traducción por
Antonio Juan Sosa
de Venezuela