LA COMUNIDAD MUNDIAL PARA LA
MEDITACIÓN CRISTIANA
APRENDE A VIVIR EN LA PRESENCIA DE DIOS
Una Nueva Actitud hacia el Pecado y hacia Dios
Traducción por
Ana Inés Privitello
de Argentina
    Este trabajo de simplicidad tiene un resultado muy profundo e inesperado en forma
    bastante rápida. Pronto comienza a cambiar nuestra actitud hacia el pecado.

    Comenzamos a experimentar una resistencia interior a convertirnos en niños, a
    volvernos simples, un conflicto entre nuestra simplicidad esencial y nuestras
    conocidas complejidades. Comenzamos a ver que el pecado no es tanto una
    trasgresión que debe ser castigada, sino un impedimento que debe ser trascendido.
    No es tanto algo que debe ser castigado, la ruptura de una regla que debe ser
    castigada, sino un bloqueo en nuestro interior que debe ser despejado. Creo que
    comenzamos a leer las palabras de la Escritura, por ejemplo la palabra pecado, con
    un nuevo sentido, con un nuevo significado. Como ustedes recordarán, Cassian dice
    en la Décima Conferencia que el monje que ha empezado a rezar de esta forma
    comienza a leer las Escrituras con ojos nuevos, como si fuera el autor de esas
    palabras. Comienza a anticipar el sentido, comienza a resonar en la misma frecuencia
    que la palabra de Dios en las Escrituras. Comenzamos a entender, desde la
    experiencia. Y nuestra experiencia del pecado se vuelve muy real, pero creo, más
    enfocada.

    En esta etapa probablemente tendamos a culpar al diablo por menos cosas y a
    nuestro ego por más. Comenzamos a ver que los obstáculos que nos separan de
    nuestro niño interior, de nuestra simplicidad, son en realidad nuestros maestros
    inesperados. Tienen algo muy real e importante que enseñarnos con respecto a
    nosotros mismos. Nuestros obstáculos de egoísmo se convierten en cosas que nos
    revelan algo muy cierto sobre nosotros, no en cosas que deben ser reprimidas,
    aplastadas o ignoradas. Recuerden a San Antonio del Desierto, al final de sus
    tentaciones y sus luchas con el diablo, llegó a la sorprendente conclusión que aún en
    el diablo podía encontrarse algo bueno.

    Los obstáculos que experimentamos podrían ser descriptos como lo siete pecados
    capitales, Cassian fue el primero en la tradición cristiana en formular dicha lista, y
    nosotros podemos agregarle nuestras propias mejoras: la ira, la irritabilidad, el afán
    de venganza, el deseo, la auto complacencia – el modo en que usamos el placer para
    escapar de la realidad; la pereza, - física, mental, espiritual; envidia de todos los tipos
    – material, psicológica, emocional; el orgullo aun el tipo de orgullo que acecha detrás
    de un exterior humilde, el orgullo de nuestra propia humildad o la apariencia de
    nuestra propia humildad; la codicia que nos hace desear cosas que probablemente no
    son materiales. Tal vez ese sea el significado de la confesión, el sacramento de la
    reconciliación: hacer que nos demos cuenta de estos obstáculos que cada uno de
    nosotros tiene en una fórmula única, una receta única de acuerdo a nuestro propio
    temperamento, obstáculos que reconocemos y rotulamos rápidamente en los demás,
    pero que generalmente ignoramos en nosotros o los reconocemos vagamente. Y tal
    vez la ignorancia es uno de los obstáculos más importantes, nuestra falta de
    conciencia de nosotros mismos.

    Este nuevo entendimiento del pecado como algo que nos bloquea o que nos complica
    y que nos dificulta nuestro viaje a la simplicidad, como algo que simplemente
    interrumpe el estado de oración continua o que interrumpe nuestro ingreso dentro de
    la oración de Cristo, creo que también comienza a cambiar nuestra comprensión de
    Dios. Si nuestra comprensión del pecado comienza a cambiar, si vemos que el
    pecado es algo que nos bloquea más que una trasgresión de una norma, si vemos al
    pecado como algo que nos impide llegar a nuestro estado de niños, nuestro
    verdadero estado, luego comenzamos a ver que Dios no nos castiga. Pienso que la
    mayoría de nosotros hemos recibido en nuestra infancia una imagen de Dios como el
    que castiga. Intelectualmente, teológicamente podremos haber cambiado esa
    imagen, pero emocionalmente, psicológicamente esa imagen todavía tiene cierta
    fuerza en nosotros y crea cierto temor, un temor que no es saludable. Pero creo que
    la oración pura, al llevarnos al auto conocimiento, como lo hace, también nos lleva al
    conocimiento de Dios, y por lo tanto nos lleva a darnos cuenta que Dios no nos castiga
    por nuestro pecado. San Agustín dijo que cada alma que se desordena, crea su propio
    castigo. El pecado contiene su propio castigo, Dios no necesita agregar combustible
    al fuego del infierno.




    Laurence Freeman OSB
    a los monjes de la Abadía de   GETHSEMANI , 1992
    © 2005 Usado con permiso.
    Comunidad Mundial de Meditación Cristiana.
PADRE LAURENCE FREEMAN
OSB

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