´En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe.´ (Prólogo del Evangelio de Juan).
Recientemente hablaba con una pareja que ansiaba celebrar la Navidad con sus niños. Estaban totalmente involucrados en la alegría y anticipación de los niños por vivir esta celebración. Asimismo, gozaban el momento en que conscientemente se percataban de que solo serían unos años de celebración de Navidad como esta – cuando los niños aún tienen esa cualidad pura de sencillez y alegría. Las estaciones y las fiestas son como los cumpleaños o aniversarios, nos recuerdan que el tiempo sucede en ciclos y que este también es linear. Los mismos sucesos son parte de la gran rueda. Aún así, todo pasa. El tiempo es como una flecha con una dirección inquebrantable. Frecuentemente nos puede parecer que la misma mortalidad y fragilidad de la vida es lo que hace cada momento tan precioso y vivificante y la razón por la que seguido encontramos la paz más profunda es solo cuando hemos totalmente aceptado nuestra mortalidad. En estos próximos días se nos da la oportunidad de entrar al misterio en el corazón de la fe Cristiana – al eros inimaginablemente humilde y apasionado del Creador en otorgarnos su propia divinidad y, en el consecuente vació, nos llena de su amor ilimitado en las limitaciones angostas y dolorosas de lo humano. Podemos necesitar sentarnos muchas veces después de la meditación a leer las palabras del prólogo de Juan para permitirnos que verdaderamente nos despierten a la maravilla que traen y a la maravilla de cómo se aplican en nuestras vidas. San Juan nos dice: ´En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció´. Es por eso que meditamos – para que podamos reconocerlo aunque sea un poquito más cada año, hasta que el misterio nos desborde y nos absorba. La Palabra es eterna, pero el mundo no lo es. La meditación nos familiariza con la paradoja que nos permite tener el espacio para que se desarrolle este reconocimiento. El “Logos” en Griego significa algo más que pensamiento o razón. En Hebreo tiene un mayor significado de discurso, la promulgación que comunica lo que es interno. Entonces, armoniza las dimensiones internas y externas de la conciencia y experiencia humanas. Cuando escuchamos y reconocemos la Palabra, nos elevamos a la unidad profunda y sencilla de Dios más allá de las dualidades y divisiones que nos causan dolor y que nos llevan al miedo a la violencia. Entonces la Palabra se encarnó; El hizo su hogar entre nosotros y vimos su gloria, una gloria que enaltece al Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. La carne que tomó la Palabra - y que toma cada instante – no significa el cuerpo material. Es todo el mundo, tanto en su fragmentación y sufrimiento como en su gozo y belleza ilimitada. Ninguna experiencia o sensación puede separarnos de la fuente y de la meta final. Por la Encarnación somos retenidos en ese abrazo divino – abrazados, no atrapados – y compartimos la gloria que es la plenitud del ser. La meditación también, en una forma personal y particular, se encarna en nosotros. Solo aquellos que no la conocen, pueden pensar que es abstracta. El mantra suavemente toma raíz en nuestro corazón y se convierte en un sacramento de la misma Encarnación, desatando el poder del amor desde su misma fuente dentro de nosotros. Podemos comprender este misterio de fe mejor a través de la meditación y de la enseñaza profunda de estar centrados en Cristo por el camino que John Main nos dejó y a otras generaciones. Hace 25 años parecía que su trabajo había terminado, que era solamente un breve flash en la Historia de la Iglesia. Pero, así como celebraremos una Misa conmemorativa en la Catedral de Westminster el 29 de Diciembre – contigo, ya sea que asistas en persona o no – vamos a reconocer con que amplitud y profundidad su enseñanza y espíritu se ha expandido para alimentar a la Iglesia global. Si, el tiempo es cíclico y linear. Pero en los fines del tiempo encontramos el eterno nuevo comienzo, Dios continuamente diciendo la Palabra. Podemos ver que el tiempo rompe lo mortal para revelarnos el momento presente. Y es en ese siempre – presencia presente que sentimos ese agradecimiento desbordante a Dios por todo lo que hizo a través del Padre John y lo que está ocurriendo en la Comunidad que él vislumbró que tomaría forma de una comunidad de amor. Que esta Navidad y la celebración de este aniversario te llenen de alegría y paz y de la confianza de la amistad. Con mucho amor,